¡Be Smart!

Si el feminismo hubiera tenido más fuerza durante el siglo pasado, los coches eléctricos hubieran sido el medio de transporte dominante desde hace mucho tiempo ya. Es la conclusión a la que uno llega leyendo el libro Hubris and hybrids donde, entre otros muchos ejemplos de la compleja relación entre la ciencia y la sociedad, los autores estudian el rol del género en el desarrollo y la comercialización de los modelos de coches.

Según los autores (los investigadores Hård y Jamison),  fue el mismísimo Thomas Alva Edison quien a principios del siglo pasado trabajaba en el desarrollo de las baterías eléctricas que incrementarían la autonomía de conducción de los coches eléctricos. Estamos hablando del periodo en el cual las prestaciones de los coches propulsados a base de combustibles fósiles aún estaban lejos de aquellas que les convirtieron en el objeto de deseo y el símbolo de estatus social universalmente deseado. No lo fueron hasta unas décadas después.

El ruido, el olor y la molestia de tener que cambiar las marchas, eran solamente algunas de las quejas de los primeros conductores. “En esta situación los coches eléctricos parecían ser la mejor solución”, cuentan los autores del libro. Eran silenciosos, fáciles de manejar y no olían mal. Aun así, la industria automovilística decidió apostar por los coches de la combustión interna. El motivo fue que los ingenieros consideraban esta alternativa ser más emocionante”.

Cabe recordar que en aquellos tiempos casi la totalidad de los ingenieros y otros investigadores científicos fueron hombres. A parte del hecho que, históricamente hablando, el oficio científico derivó en gran parte de los claustros, donde los monjes podrían aislarse de los “pecados de carne” para dedicarse a explorar los fenómenos de la naturaleza, hasta relativamente poco tiempo atrás los laboratorios y talleres eran considerados “muy peligrosos para las mujeres”.

Fue así como el modelo “más emocionante” se apoderó de las cadenas de montajes, posteriormente introducidas por Henry Ford, para llenar las carreteras de adrenalina y testosterona. Para asegurar su hegemonía en la “manía por la movilidad”.

“Guiados por la visión de progreso y poderosas prestaciones, los usuarios conscientemente transformaron los instrumentos de velocidad en símbolos estatuarios.” Más fuerte. Más grande. Más rápido. Y sobre todo; Más caro. El denominado “consumo conspicuo” se convirtió en el denominador común detrás de la sociedad definida por la movilidad y moldeada por los mercados y sus caprichos.

No fue hasta las primeras grandes crisis económicas de los años setenta que el coche eléctrico volvió a plantearse como una alternativa seria para la movilidad. Sin embargo, los intereses de los poderosos lobbies hicieron todo lo posible para que la alternativa no se transformara en realidad. Uno de los ejemplos más flagrantes fue el caso del Smart.

A finales del siglo pasado, Nicolas Hayek, el industrial y el dueño de la marca Swatch, diseñó un pequeño coche de dos asientos y líneas muy similares a los relojes que producían. El detalle más destacado fue su motor diseñado para la propulsión eléctrica. Sin embargo, contra la voluntad de Hayek, el coche salió a rodar con gasolina. El motivo detrás de este “pequeño detalle” fue el hecho que el proyecto final salió de la fábrica Micro Compact Car Company, propiedad de,…, casualidades de la vida,…. ¡Daimler-Chrysler!

Aun así, el simbolismo se mantiene. Sobre todo en el nombre con el que Hayek bautizó su diseño: Smart.

En la literatura histórica consultada por los autores del libro, “el coche eléctrico está habitualmente asociado con los usuarios femeninos”. Sin embargo, la industria sigue siendo asociada con los valores masculinos. Fue así como el poder y velocidad acompañaron la historia automovilística para robarnos un siglo entero de tiempo. Un tiempo precioso que hubiéramos podido vivir sin la mayor parte de las emisiones de gases que causan el efecto invernadero y el cambio climático.

Debido a la testosterona teníamos que esperar un siglo entero hasta que los coches eléctricos empezaran a plantearse como la opción más sensata. No obstante, la industria sigue resistiéndose a prescindir del “consumo conspicuo” y en lugar de apostar por modelos sencillos y baratos nos ofrece unos cuyo precio está muy lejos del alcance de la mayoría de los conductores. En lugar de un simple, eficiente, sostenible y accesible medio de transporte, la industria nos proporcionó otro símbolo más de estatus social.

Así que, gracias a la codicia, y a pesar de que los conductores de los coches eléctricos experimentan “la sensación de relajación y disfrute en la carretera” y “realizan menos trayectos innecesarios”, seguimos en las manos del culto del poder y velocidad.

No es casualidad que a un lado del dilema tenemos el “gran sacerdote” del culto de poder y velocidad encarnizado en el mismísimo Donald Trump. Es el líder de la nación que más emisiones de gases de efecto invernadero emite y el quien abandera el movimiento que se opone a implementar los cambios recomendados por el amplio consenso científico para reducir las emisiones.

Tampoco es casualidad que en el otro lado del dilema tenemos una mujer al mando de uno de los países más avanzados en temas de protección medioambiental y energías renovables. (Aunque los últimos episodios, como por ejemplo el DieselGate, echan sombra sobre lo conseguido, visto el panorama global, Alemania sigue siendo un buen ejemplo en el tema de sostenibilidad y protección medioambiental) Si los dos modelos fueron universos paralelos, la cosa sería muy sencilla. Uno simplemente tendría que elegir entre uno u otro. Pero desgraciadamente no lo son. El universo del culto del poder y velocidad nos está asfixiando a todos. Tanto los que lo adoran como los que lo combaten. Pero en esta lucha no hay lugar a dudas. Solo hay un lado bueno.

Así que: Be Smart! (PD. Observe que en el imperativo el género no está determinado)

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