Hablemos sobre por qué no nos hablamos

Cuando un amigo cayó en un periodo “asocial”, no se le ocurrió otra cosa que empezar a llamar a todos los amigos que tenía en la agenda del teléfono para decirles que estaba “asocial” y que lo seguiría siendo por un tiempo indefinido. Evidentemente, al nivel lógico, su acción era paradojal porque lo que define un comportamiento asocial es justamente lo contrario. En realidad, una persona “asocial” procura evitar cualquier tipo de comunicación con otros humanos. Sin embargo, al nivel emocional su acción fue muy sana porque abrió un espacio de conversaciones y la red hizo el resto. La transformación se inició con la primera llamada y su periodo “asocial” duro hasta aproximadamente la letra E de la agenda de su teléfono.

A diferencia de otros mamíferos, los seres humanos entre las necesidades vitales tenemos incluida la búsqueda de sentido. Sin ello, el vacío se hace muy grande y para llenarlo no hay mejor forma que ser parte de las redes conversacionales. El generar y participar en las conversaciones mediante el intercambio de ficciones, historias y otras realidades intersubjetivas teje la red de sentido. Más allá de ello, nuestros sentidos no alcanzan.

Es por ello que tenemos desarrollado el don de hablar. Aquello que nos dio la ventaja evolutiva. Hablar nos hace humanos y nos permite evolucionar como especie. Dicho esto, no entiendo cómo puede haber líderes políticos que se niegan a hablar sobre temas que preocupan una gran parte de la sociedad. Puede que no hablando resistan en su empeño, pero es imposible que se salven de uno de los principales axiomas de la comunicación humana que dice “Es imposible no comunicar”

Por mucho que se empeñaran en no hablar, siguen comunicando. Sin embargo, lo hacen deteriorando la red conversacional donde las interacciones tejen sentido. “Sobre esto no hay nada que hablar” dicen creyendo dejar zanjada la conversación. Pero en realidad generan la más tóxica de todas; aquella que no se da.

Entre todas las conversaciones que hay, la peor y la más dañina para la convivencia es aquella que no se produce. Su resultado son el resentimiento y/o resignación. Dos estados de ánimo que generan el sufrimiento que finalmente desemboca en el victimismo y aleja la ambición.

La conversación mediante el lenguaje produce cambios en la emocionalidad. Sin ello, los estados de ánimo están dejados a la intemperie de las interpretaciones que generan las conversaciones que no se producen.

Por ello, los líderes políticos deberían ser dotados de algunas herramientas básicas del coaching ontológico para diseñar conversaciones. Una de ellas es la capacidad para diseñar la conversación sobre posibles conversaciones. En otras palabras, es la capacidad de hablar sobre por qué no nos hablamos.

A diferencia de mi amigo, los líderes políticos no tienen el derecho a ser asociales. (Debe ser uno de los pocos privilegios que no disfrutan.) Pero aun así podrían aprender de su ejemplo para llamar al del otro lado aunque tan siquiera para decirle “no tengo nada que decirte”. Con escuchar lo que tiene que decir basta para que la transformación empezara.

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