El rigor chaquetero

La noticia que El País había despedido a John Carlin me mostró hasta qué punto ha llegado la polarización de la sociedad española. Sobran las voces que tratan de alejar el periodismo de los cánticos. Un medio de comunicación fundamental para generar el debate que busca el consenso acerca de los grandes restos futuros en lugar de fomentar la división acerca de las recillas pasadas, se ha mimetizado con la propaganda oficialista. Lo que para mí durante años fue un referente de prensa, se posicionó claramente del lado “A por ellos”.  Pero esto ya no es una noticia. Lo lleva ya tiempo haciendo.

Cuando con mi querido amigo Fernando veíamos la entrevista que Jordi Evole le hacía a Juan Luis Cebrián (Salvados, 8 XII 2016) nos quedamos boquiabiertos, (igual que Evole) ante la declaración del invitado quien decía que El País “nunca ha sido ni deba ser un periódico de izquierdas”.

Recordaba aquella clase de Periodismo Persuasivo (!!!) donde, para ilustrarnos a los que veníamos de fuera la distinción de las inclinaciones ideológicas de la gente corriente, el profesor explicaba como los domingos por la mañana la gente iba doblando los diarios bajo el brazo. Los que se llevaban La Razón eran simpatizantes de la derecha. Los que doblaban El País de la izquierda.

Es cierto que El País nunca dijo tácitamente “somos un diario de izquierdas”, así que, de un modo sutil, Cebrián tampoco mintió. Solamente omitio la verdad. El diario que dirige hizo creer que era de izquierdas y esto, parafraseando a Homer Simpson, no es exclusivamente culpa suya. “Para mentir hace falta uno que mienta y otro que lo crea”, lo decía el gran filosofo postmoderno cuando fue pillado mintiendo a su mujer.

Puedo entender que uno, por aquellas lealtades invisibles que guardamos con nuestras familias de origen, tenga más facilidad a la hora de posicionarse hacia las ideologías  que defendía la familia. Pero lo hubiera hasta respetado, si lo hubiera evidenciado en tiempos menos oportunos (léase oportunistas). Si durante alguno de los reinados del PSOE, Juan Luis Cebrián hubiera dicho “El País no es un periódico de izquierdas, ni deba ser un periódico de izquierdas” hubiera quedado como un señor. No tengo constancia que lo haya hecho y hasta que la tenga no puedo respetarlo.

Pero, las palabras de Cebrián habría que mirarlas en un contexto más amplio. Dentro del debate interno que rompía el PSOE. Lo que hacía el director general del El País era allanar el terreno para que el PSOE pudiera hacer el gesto hacia el PP, dejando entre dicho que ellos también podrían firmar la declaración de Cebrián y sin parpadear decirnos un día “no somos un partido de izquierdas y nunca lo fuimos”. (Por cierto, tras su última gesta, me parece que la S de sus signas atona más a aquel Suspendido de Puigdemont, que a Socialista. pero eso es ya otro tema).

Tras la emisión de Salvados y la, ante mencionada, declaración de Juan Luis Cebrián borré la App de El País que tenía en mi teléfono. Hasta entonces era enganchado a refrescarlo cada dos por tres para “ver lo que decía El País”. Era mi referente. Yo también era uno de aquellos los que los domingos llevaban El País doblado bajo el brazo.

Pero hacía ya un tiempo que veía que la calidad había bajado. Aun así podía soportar los errores ortográficos y los cortapega de los becarios precarios que alimentaban de contenido la página web a base de refritos. En fin, la crisis obligaba hacer los recortes y el diario batallaba en plena transición digital. Pero lo que no podía soportar era la perdida de rumbo e integridad.

Sobre todo no ahora, cuando la humanidad se encuentra ante la amenaza de volver a repetir los horrores del pasado y cuando los grandes medios de comunicación tienen la obligación moral y ética para hacer todo lo posible para evitarlo, en lugar de luchar por las audiencias.  Como bien decía Tzvetan Todorov, hoy en día “hay un debilitamiento del apego democrático, sobre todo por culpa del fin de los grandes debates ideológicos. Los consensos de la izquierda y la derecha sobre las grandes medidas económicas han provocado una reacción y parte de la opinión pública se ha acercado a opciones que priorizan la identidad y los valores nacionales, que dan una respuesta que es poco de futuro pero que puntualmente da respuesta a la ansiedad de los tiempos actuales. Creo que es una reacción en cierta manera contra la globalización.”

En lugar de ponerse de lado de las políticas sociales que buscan soluciones duraderas para los retos globales, El País, muy de PRISA, se lanzó a capitalizar la posición privilegiada que, según su máximo representante, nunca había ocupado dentro del electorado de izquierdas, para revertir el socialismo al nacionalismo. Ha optado por vestirse de bandera de populismo de corte nacionalista para polarizar el ejército de pobres que dejaron las nefastas políticas neoliberales, basadas en la utopía de crecimiento infinito.

Pero la realidad le está pasando la factura. Igual que sucede en cada equipo, cuando un diario pierda la integridad, su gente empieza a preguntarse “¿A qué jugamos?”. Con el tiempo, ante la incógnita y la confusión, la falta de integridad lleva a la perdida de rigor. Y esto lleva a que se pierde la capacidad de atención al detalle como por ejemplo la imagen que acompaña este texto. En la sociedad de información regida por la hegemonía visual, solamente el rigor profesional evita a que en la portada del diario salga una composición como esta. El titular de la muerte del piloto del Ejército no debe ir acompañada por la imagen del monarca dirigiendo las miradas de sus hijas hacia el cielo.

Es un ejemplo como la pérdida de integridad conlleva la pérdida del rigor y esto finalmente desemboca en la pérdida de la calidad. Una calidad aún más mermada tras el despido de uno de los puntales de la integridad moral dentro de su plantilla.

Cuando tu gente no sabe a qué está jugando empiezan a jugar mal. Y cuando encima empiezas a despedir los cracks que aportan valor a tu plantilla, pues mal vamos. Por mucho rigor que le pongas, el chaqueterismo no es periodismo y practicándolo uno solamente puede aspirar a la mediocridad.

La brújula moral de El País está estropeada. Si se arreglase, España todavía estaría a tiempo de dejar de lado los proyectos nacionales para atender los graves problemas sociales que arrastra desde hace mucho tiempo.

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