El telegrama que suspendió el “patrón oro” (y de paso mató a 15 millones de personas)

“Lo esperábamos. Nuestra causa es justa. Dios nos ayudará” fueron las primeras palabras que pronunció Nikola Pašić, tras leer el telegrama. Era el 28 de julio de 2014. Cuando el cartero que llevaba el telegrama entró en la kafana, aquel comedor típico que todavía se encuentra en todos los Balcanes y ejerce de uno de los centros neurálgicos para la vida social de sus pueblos, el primer ministro serbio se encontraba comiendo con su familia. Estaban en Niš, a 200km al sur de Belgrado donde el gobierno serbio se había evacuado ante “lo esperado”.

Y allí estaba:

                     Remitente: Conde Bertold, primer ministro del Imperio Austrohúngaro.

                     Mensaje: Declaración de guerra.

                     Nombre de la kafana: Europa (!).

Era la consecuencia de la negativa del Gobierno de Serbia a ceder ante el ultimátum mandado desde Viena. Durante las semanas anteriores Serbia fue acusada, por parte del imperio austrohúngaro, de haber ofrecido ayuda a los perpetradores del atentado al emperador Franz Ferdinand, asesinado un mes antes en Sarajevo. El imperio exigía el cumplimiento de una serie de concesiones que Serbia estaba dispuesta a conceder. Pero, había una que era inadmisible. Era el punto Nº6, el que pedía que las instituciones austrohúngaras tuvieran potestad sobre el sistema jurídico serbio. Como era de esperar, este punto fue algo que el gobierno serbio consideró la violación fragrante de su constitución y la pérdida de soberanía.

Era “el ultimátum más duro jamás dirigido por parte de un país al otro”. Así lo definió Edward Grey, el ministro de  asuntos exteriores del Reino Unido.

Serbia negaba cualquier implicación en la organización del atentado y ofrecía su plena colaboración en la investigación. Pero había una línea que no se podía cruzar. La línea que pisoteaba su soberanía y su dignidad. Aún así, incluso si Serbia hubiese cedido, seguramente no hubiera sido suficiente. El atentado de Sarajevo fue solamente el pretexto para algo que desde hace tiempo se estaba preparando en los despachos de las grandes potencias mundiales.

La suspensión del patrón oro.

El sistema de pago internacional, conocido como patrón oro había venido funcionando desde 1870, y se caracterizaba por la utilización del oro para liquidar las transacciones y deudas internacionales. El valor de cada unidad monetaria se fijaba en términos de una cantidad de oro concreta. Con este sistema, el emisor de la moneda garantizaba que los billetes y monedas emitidos estuvieran respaldados por oro. Hasta la Primera Guerra Mundial era el “valor estándar” con el cual las diferentes naciones fijaban la paridad de su moneda.

Las guerras son caras. Y su ejecución supone un incremento de los gastos militares. Los países enfrentados se endeudaron fuertemente, hasta extremos insospechados hasta entonces. Lo jugaron todo a una misma carta: la victoria militar.

The winner takes it all.

La estrategia presupuestaria se basaba en la derrota del enemigo seguida por indemnizaciones millonarias de los derrotados.

Cuando escucho al actual ministro de  asuntos exteriores del Reino Unido, comparar “las Olimpiadas de 1936 de Hitler con el Mundial de fútbol de 2018 de Putin” lo primero que pienso son los 25 millones de rusos caídos en la lucha contra el nacismo. ¿Qué deben sentir sus familias ante tal comparación? (NOTA: DICIENDO ESTO EN ABSOLUTO Y DE NINGÚN MODO PRETENDO DEFENDER LA POLÍTICA OFICIAL RUSA, IGUAL QUE TAMPOCO LA DE TRUMP&BREXIT)

Lo segundo, es el miedo de que esto no termine en otro “telegrama esperado”.

Vivimos momentos de mucha tensión internacional. Quizá la más alta desde la Segunda Guerra Mundial.

China y Rusia amenazan con destronar el dólar, que desde Breton Woods fue la moneda de referencia internacional, promoviendo el yuan chino como su alternativa. Al mismo tiempo, EEUU y Reino Unido hacen campaña para sumar apoyos para contrarrestarlo.

Espero que todo esto no vaya más de una guerra comercial.

Que el telegrama nunca salga enviado.

Que todo esto acabe en mero intercambio de testosterona entre unos egos sobredimensiados.

Que los que quieren lios se vayan de mi kafana preferida.

Las últimas veces el precio a pagar fue terrible. No me atrevo a buscar la fórmula que daría con el cálculo para la progresión aritmética entre los 15 millones de muertos en la Primera y 70 millones en la Segunda Guerra Mundial para tener la estimación de lo que supondría el numero de la secuencia tras la Tercera.

IMAGINE que el telegrama nunca salga.

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