Hágase justicia, aunque perezca la cultura

La huelga de unos ochenta trabajadores de TM Sweden (sucursal de Tesla en Suecia) terminó con la multinacional, propiedad de Elon Musk, pagando sumas millonarias a una parte de la plantilla en huelga para que dejaran sus puestos de trabajo. Lo hicieron bajo el acuerdo de confidencialidad, así que no conocemos más detalles, pero sí sabemos que el fin de la huelga obligó al sindicato IF Metall (uno de los más importantes de Suecia) a retirar la demanda que exigía que Tesla firmara el convenio colectivo.

El caso levanta muchas preguntas sobre la fortaleza del modelo sueco que durante muchas décadas garantizaba altos niveles de protección para los trabajadores. Lo que pasó se sigue analizando, pero lo que hasta el momento sabemos es que, de no tratarse de una gran empresa multinacional con suficientes recursos para comprarse “the way out”, muy probablemente el caso hubiera terminado inclinándose del lado del sindicato y los trabajadores.

Lo que hicieron en Tesla fue encontrar agujeros en el sistema laboral sueco. Reemplazaron a los trabajadores en huelga con trabajadores de sus otras plantas europeas, movieron temporalmente la producción de algunos componentes a otras fábricas y transportaron en camiones hasta puertos alternativos los coches producidos para evitar los puertos bloqueados por la huelga.

Simplemente, se aprovecharon de dos cosas. En primer lugar, de las lagunas que los mercados laborales presentan a las multinacionales incluso en los mercados tan regulados como son los europeos. En segundo lugar, de la falta de la solidaridad.            

“Todo se puede cambiar, tanto en la teoría como en la práctica, pero no la cultura, no todo lo que se produce en las fábricas, en las empresas y, sobre todo, lo que se vende en las tiendas.”                    

Escribió Lev Tolstói en el tránsito entre el siglo XIX y el siglo XX. El gran escritor ruso intuía hacia dónde nos llevaría el avance de lo que hoy conocemos como la cultura de consumo. Una cultura sostenida por la violencia, que empuja la Tierra fuera de los límites sostenibles y que en aquellos tiempos únicamente se conocía como el progreso. Y era por ello que Tolstói proclamaba que Fiat justitia, pereat cultura, debería ser el lema de las personas realmente civilizadas.

Hágase justicia, aunque perezca la cultura.

Para que esto se cumpliera, según Tolstói, bastaría con que los hombres comprendieran que no deben utilizar para su placer la vida de sus hermanos. Sólo con esto podrían emplear todos los avances de la técnica sin arrancar la vida de su prójimo, y organizar la vida de forma que pudieran usar de todos estos inventos en la medida en que sean compatibles con las leyes de la naturaleza, sin mantener esclavizados a sus hermanos.

Y a continuación matizaba que la distribución del trabajo une a la humanidad de forma solidaria, pero solamente cuando las personas eligen libremente cómo distribuirlo. La condición para que esto se cumpla ha de darse mediante la socialización de los medios de producción donde los hombres libres fomentarán solamente la división del trabajo en la que el bien derivado de ella sea mayor que el mal que se inflija al obrero.

La cultura que condena Tolstói es la de la codicia que antepone todo al interés de los accionistas y al beneficio corporativo. La cultura de Tesla.

Es la misma cultura que separa a la humanidad del resto de la naturaleza situando al ser humano como central en todos los sistemas vivientes. La del antropocentrismo.

En este sentido, es muy probable que Tolstói conociera el trabajo de otro contemporáneo ruso, el menos conocido filósofo Peter Kropotkin, quien en su obra exploraba la solidaridad y las similitudes que en la naturaleza veía entre la cooperación y la reciprocidad. Más allá del sentimiento infinitamente más amplio que el amor o la simpatía personal, Kropotkin veía en la solidaridad, la ayuda mutua y la vida social compartida, los elementos constituyentes de las leyes de la naturaleza.    

Al otro lado del espectro están los elementos constituyentes que rigen las leyes del consumo: la infinita persecución de placeres bajo la premisa de que consumir más nos hará más felices.

Una premisa falsa.

La idea de buscar la felicidad a través del consumo se ha utilizado hábilmente en marketing para incentivar la compra continua de productos nuevos. Por lo tanto, la experiencia de la felicidad a través del consumo se asemeja más al placer que al bienestar. Como lo describe Robert Sapolsky, este comportamiento conduce inevitablemente a la ansiedad y al vacío, en medio de los efectos de la habituación. Esto se debe a que «nada es tan bueno como la primera vez». «Nadie se baña dos veces en el mismo río». La primera vez que probamos, vemos, olemos, tocamos u oímos algo nuevo, queda registrada en nuestros sentidos, generando la impresión más fuerte (tanto negativa como positiva). Pero la próxima vez que lo hagamos, nuestros sentidos no registrarán una doble impresión.

La neurociencia demuestra lo que George Orwell intuía hace ya mucho tiempo, cuando decía que una gran parte de lo que se conoce como placer es simplemente un intento de destruir la conciencia.

Hoy en día, podemos producir artificialmente placeres que son mucho más intensos que cualquier cosa que ofrezca el mundo natural, como diría Robert Sapolsky. Somos adictos a los placeres instantáneos e inmediatos que proporciona la sociedad de consumo.

Esta es la cultura que hemos de sacrificar para apuntalar la justicia. Para lograrlo, hace falta el cambio de consciencia en la mentalidad de control que domina nuestra interacción con la naturaleza. Este dominio fue acentuado en los siglos pasados gracias al acelerado avance tecnológico, manifestado en la cada vez mayor productividad.

La cultura de efectividad y eficiencia productiva ha propulsado el crecimiento económico, sobre todo en los países occidentales del hemisferio norte. Al mismo tiempo, la misma cultura propulsó las externalidades detrás del avanzado cambio climático, la contaminación y la pérdida de la biodiversidad.  

El poder del hombre sobre la naturaleza está aumentando constantemente hasta que incluso podríamos alterar el clima de la Tierra, avisaba George Orwell unas décadas antes de que Hannah Arendt concluyera que el progreso de la ciencia no sólo ha dejado de coincidir con el progreso de la humanidad, sino que podría augurar su fin.

Ambos escribieron en la sombra del poder destructivo de la bomba atómica. El desarrollo y el uso irresponsable de la inteligencia artificial multiplican muchas veces el riesgo. El peligro de su uso irresponsable y centrado únicamente en los beneficios corporativos es una de las mayores amenazas sociales y medioambientales. Encontrar formas para seguir su desarrollo alineándolo con la justicia e igualdad social y no únicamente con el beneficio corporativo, ha de ser la prioridad de la humanidad.

La cultura de perseguir el beneficio corporativo sin importar las consecuencias sociales y medioambientales es una cultura muy integrada en nuestro tejido socioeconómico; sin embargo, aunque no podemos controlar todos los resultados, podemos trabajar para cambiar la cultura. Así lo recomienda James Bridle cuando llama a situar la solidaridad en el centro de nuestra relación con la tecnología. Su llamado apunta al cambio de actitud que va desde el deseo de planificar, producir y resolver hacia un cuidado activo y práctico, fruto de los encuentros, no de las suposiciones, y del rechazo al excepcionalismo humano y al antropocentrismo. Es un paso más hacia la consciencia de que producimos y consumimos cosas sin asumir la plena responsabilidad de las fuentes y los flujos que proporcionan recursos y energía para su fabricación.

La promesa de la sociedad de consumo se nutre de la incapacidad de la humanidad para imaginar la felicidad excepto en forma de alivio, ya sea del esfuerzo o del dolor. La promesa del paraíso consumista choca frontalmente con la perspectiva socialista, sugerida por Orwell cuando decía que el verdadero objetivo del socialismo no ha de ser la felicidad sino la fraternidad humana.

Lo que la fórmula omite es el hecho de que la felicidad no es un objetivo estático. La felicidad es el proceso. Y por ello, no hace falta prometer más felicidad. Hace falta entender que el verdadero objetivo del ser humano no es la felicidad, sino la solidaridad humana.

La felicidad es la propiedad emergente de la sociedad solidaria. Como tal, es el resultado de miles y miles de pequeñas gestas de personas solidarias.

Las personas felices emergen de los encuentros. Pero no solamente de los encuentros con otros seres humanos, sino también con más que el mundo humano. Y esto es importante recordar porque, como bien dice James Bridle, “Cualquier futuro en el que sobrevivamos y prosperemos requerirá que estemos aún más unidos: en nuestras vidas, en nuestro pensamiento, en nuestro ser y en nuestra sociedad.”

Solamente así podemos garantizar que la solidaridad de muchos haga el contrapeso a la codicia de unos pocos.

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