CAPÍTULO EXTRAÍDO DE MI NUEVO LIBRO
“But the life of a man is of no greater importance to the universe than that of an oyster.” David Hume.
Esta es la situación: un tranvía avanza sin frenos y está a punto de atropellar a una persona que está sobre la vía. Tú estás a un lado de la vía y con solo tirar de una palanca puedes salvarle la vida, pues esta hará que el tren se desvíe, pero matará a diez perros que están en el otro carril.
Tienes 10 segundos para tomar una decisión. Si no haces nada, muere una persona; si tiras de la palanca, mueren diez perros. ¿Qué haces?
La mayoría de la gente elige salvar a una persona. Pero hay un grupo de personas que es más propenso a elegir diez perros. Un estudio, llevado a cabo con niños de entre 6 y 9 años, revela que cuando se enfrentaron a dilemas morales en los que tenían que priorizar a los humanos o a los animales, los niños valoraron a los animales más que los adultos. Y el fenómeno es conocido como la expansividad moral.
La expansividad moral se refiere a la amplitud de entidades que se consideran dignas de consideración y tratamiento moral. Una persona menos expansiva moralmente restringe su preocupación a aquellas entidades que se consideran “cercanas” (por ejemplo, su familia). Una persona más expansiva moralmente extiende el cuidado y la consideración moral más allá de estos límites a entidades más “distantes” (por ejemplo, animales o plantas). Por lo tanto, la expansividad moral captura la voluntad de extender la preocupación moral a los demás (la “amplitud” del mundo moral de una persona).
Todos nacimos con una expansividad moral alta. La perdemos con el tiempo mientras tratamos de acomodarnos a las prioridades impuestas por los estilos de la sociedad de consumo y las prácticas noéticas de la economía.
El impacto de nuestras elecciones individuales tiene enormes consecuencias para el cambio climático y la sociedad. Desde que empecé a interesarme por la sostenibilidad y el cambio climático, este era el tema que más me interesaba y preocupaba. Así que me dio una enorme alegría cuando mi jefe en la prisión me dio el permiso para asistir a una jornada dedicada a los estilos de vida asociados con el objetivo 1.5C, donde fui invitado. La jornada fue organizada por la Universidad de Lund y parte del programa de investigación e innovación Horizonte 2020 de la Unión Europea. El compromiso que tenía era el encargo de preparar una presentación que luego compartiría con mis compañeros.
Tras enseñarle la presentación, el jefe decidió ampliarlo a un encargo que consistía en jornadas de formación para los empleados en el tema de la importancia del comportamiento humano en el cambio climático. Resultó que, el director de la prisión, su jefe inmediato, llevaba ya bastante tiempo frustrado por las pésimas prácticas de reciclaje entre los empleados. Así que el tema venía como un guante para tratar de mejorarlo. El objetivo principal era primero concienciar para luego enseñar de forma práctica y finalmente evaluar el conocimiento. Siguiendo el modelo de cambio de Foggs que indica que la transformación y el comportamiento deseado se producen cuando la información y la motivación se cruzan en un detonante representado en un recordatorio audiovisual. Así que la primera parte consistía en informar y motivar a diversos grupos de oficiales que fueron convocados a una presentación breve que terminaba con el mensaje:
“Las personas que reciclan tienen una mejor vida sexual.”
Aunque el mensaje iba acompañado de un matiz de que dicha frase no está apoyada en datos científicos, sino en una mera suposición, era aquello lo que se convirtió en el resumen de la presentación. Asimismo, yo me convertí en el detonante, pues eran muchos los que, al verme, lo primero que me decían era lo “bien que habían reciclado la noche pasada” y frases cachondas parecidas. Pero no me importaba. De hecho, me alegraba, puesto que aquello decía que el mensaje les había llegado.
Luego, con mi compañera del grupo medioambiental, Emely, quien previamente trabajaba en una gran planta de reciclaje, preparamos un test de conocimiento de las prácticas de reciclaje que dejábamos para contestar en grupos.
Esta formación era la semilla de la formación que un año más tarde ofrecía en el hospital Sant Pau de Barcelona donde he formado un grupo de sesenta médicos, enfermeras, técnicos y auxiliares
El cambio climático no es simplemente un problema científico, sino que pasa por el filtro de la psicología humana, donde las creencias individuales sobre los riesgos se forman a partir de lo que es apropiado en cada comunidad, como decían Burch y Harris Todo esto es inseparable de las emociones y valores que orientan nuestro comportamiento. Ser más conscientes de este impacto para tenerlo presente tanto en la economía de las empresas como en la del hogar ayudará a orientar nuestros hábitos e incrementar el comportamiento proambiental.
Al cambio climático no le importan nuestros odios y luchas ideológicas. De hecho, se beneficia de ellos. Es por ello que la única forma de hacerle frente es superar las diferencias que nos dividen. En esta, igual que en cualquier otra lucha, liderar con el ejemplo resultará clave. En fin, «No puedes llevar a nadie más lejos de lo que has ido tú mismo», como decía Gene Mauch.
Las causalidades de la vida quisieron que el camino al trabajo en la sostenibilidad empezase por el tema que más me importaba. El comportamiento humano. Así que, aunque de entrada no lo veía así, el trabajo en la prisión resumió el propósito personal que desde hace un tiempo tenía:
Entender cómo llevar a cabo los cambios de comportamiento necesarios para mitigar los efectos del cambio climático y contribuir a aumentar la resiliencia social para adaptarnos a sus efectos negativos.
Y este propósito cuajó perfectamente en el trabajo que combinaba las tareas de oficial de prisiones, persona de contacto y miembro del grupo medioambiental dedicado a la implementación de las mejoras sostenibles tanto en la prisión, como en la sociedad. Pero sobre todo me dio la introspección acerca de la capacidad y la importancia que tiene de sumarnos a todos para colaborar en este propósito global: reducir el calentamiento global y mantenernos dentro de los límites sostenibles donde el planeta puede proveer las mismas o mejores condiciones de vida para las generaciones futuras.
En esta lucha todos sumamos. Sin importar el estatus social, no lo que hicimos. No importa lo que hicimos sino lo que estamos dispuestos a hacer. Aún más importante, no importan las diferencias que creemos que nos separan, porque entendemos que las consecuencias negativas serán igual de dañinas para todos. Y esto es un gran incentivo para la colaboración.
Un buen ejemplo es lo conseguido por Bryant Arroyo, un hombre puertorriqueño y recluso en Pensilvania, quien organizó a 900 de sus compañeros de prisión para que escribieran cartas a los supervisores municipales en protesta por la construcción de una planta de gasificación de carbón de 800 millones de dólares en la vecina ciudad. Si fuera construida la planta, se ubicaría a tan solo 90 metros de la prisión, lo que expondría a los reclusos a una importante contaminación atmosférica.
Lo más interesante del caso es que el grupo de Arroyo incluía a reclusos LGBTQ+, bandas rivales y reclusos negros y blancos racistas; en otras palabras, una coalición sumamente diversa y poco probable. Finalmente, contra todo pronóstico, el proyecto de la planta de gas fue derrotado, lo que le valió a Arroyo el título de «ambientalista de la cárcel». Arroyo es una de las muchas personas en Estados Unidos que ha luchado contra las injusticias ambientales en las inimaginables condiciones de brutalidad y represión del sistema penitenciario.
“If, from the bowels of a prison in Pennsylvania, Bryant Arroyo can uplift himself and hundreds of his fellow inmates to achieve a victory for environmental justice against a massive polluting power plant, then surely those of us in the ‘free’ world can exercise far more power than we ever imagined.
Y plantea una pregunta muy potente:
If prisoners can be leaders in the environmental justice movement, how might you rethink your own level of freedom to make social change on this issue and other causes (assuming you are not imprisoned at the moment)?
Los años que he trabajado en la prisión me enseñaron que un mundo mejor donde las elecciones que hacemos están alineadas con los límites sostenibles de los ecosistemas y del planeta es posible. Lo veo tan claro porque he aprendido que:
- A pesar de las diferencias, siempre hay más cosas que tenemos en común de las que nos distinguen.
- “Each of us is more than the worst thing we’ve ever done.” Por muy malo que fuera, aquello que hicimos es solamente una pequeña parte de lo que somos.
- Todo comportamiento humano depende de la situación, tiene una función, está aprendido y puede ser cambiado.
El camino para alinearnos con el propósito compartido de luchar contra el cambio climático parte de estas mismas premisas. Y para ponerlo en marcha hace falta apostar por la arquitectura de decisiones[1] volcada en la acción colectiva y asentada en la triple ganancia, donde cada uno tenga integrada la certeza de que a todos nos irá mejor cuando todos tengamos el objetivo principal de tomar las decisiones que, en primer lugar, son buenas para la sociedad y el medio ambiente. Sin pensar en beneficio individual porque este viene intrínseco cuando a la sociedad y al medio ambiente les va bien.
En fin, todos somos prisioneros del cambio climático. La única forma de salir ganando de este dilema del prisionero es aumentando la confianza mutua. Y para ello, hace falta promover la expansividad moral como la fuente del bienestar social y la salud medioambiental.
Hace falta comprender aquello que, tras pasar 178 días a bordo de la Estación Espacial Internacional, comprendió el astronauta Ron Garan. Desde la órbita, presenció la Tierra y tuvo la introspección transformadora; tratamos el planeta como un activo desechable de la economía global.
Abogando por un cambio radical de mentalidad, para alinear nuestro propósito con la salud del planeta, Garan mandó un mensaje claro: todos somos tripulantes en esta «nave espacial Tierra», y es hora de que empecemos a actuar como tales.
Por ello, y para alcanzar el objetivo de la Agenda 2030, la primera tarea en los preparativos de nuestra tripulación global ha de ser la (re)educación en la moralidad expansiva.
[1] Se refiere al diseño del entorno en el que se toman decisiones, influenciando la forma en que las opciones se presentan y, por lo tanto, cómo se eligen.