Haciéndome el sueco

la-contraDespués de lavarse con el agua del pozo que traía de la casa, el sabio ateniense echó a caminar[1]. Tras recorrer unos kilómetros, se sentó al lado de la  carretera para tomarse acratismos, el típico desayuno que solía consistir en algunos trozos de pan de cebada o de harina humedecidos en un poco de vino puro. Mientras contemplaba las maravillosas vistas de la ciudad, vio a un hombre acercándose aceleradísimo hacía él. Tras saludarse con un gesto de la mano derecha levantada, el desconocido apresurado le preguntó:

  • ¿Me podría, por favor decir cómo es la gente en Atenas?

El filósofo le miró a los ojos, desvió la mirada hacia la ciudad y contestó:

  • Eso depende, mi buen hombre. Antes de contestarle permítame primero preguntarle ¿cómo es la gente allí de donde usted viene?
  • Ay, si yo le contara,… es por esto que me voy corriendo de allí…. La gente allí es mala, mezquina y solamente mira por su propio interés,… – dijo el hombre evidentemente frustrado por las experiencias que llevaba del lugar de donde venía.
  • Mire, mi buen hombre. Creo que sería mucho mejor que usted se diera media vuelta por esta misma carretera, porque abajo en Atenas la gente es exactamente igual.

Tras murmullar algunas palabrotas que el filósofo no quiso entender, el hombre le hizo caso. Se dio media vuelta y volvió por donde venía. Unos instantes más tarde, el filósofo reemprendió el camino. Tenía muchas cosas que pensar, decisiones que tomar y el andar siempre le resultó ser el mejor consejero. Allí, abajo en Atenas, fue acusado de despreciar a los dioses del Estado y de introducir nuevas deidades. Pero, lo que aún más le pesaba fue la acusación de haber corrompido la moral de la juventud, alejándola de los principios de la democracia.

Anduvo el sabio por la misma carretera que serpenteaba hacía las montañas, pensando en su defensa, cuando poco después del caminante amargado casi se chocó de frente con otro hombre que iba camino a Atenas. A diferencia del caminante anterior, este tenía un aspecto alegre, andaba ligero y su voz transmitía confianza y vitalidad.

  • Buenos días, veo que está usted viniendo de Atenas y le quisiera pedir, por favor, si podría contarme un poco como es la buena gente de esta gran ciudad.

El filósofo le miro a los ojos y le contestó:

  • Eso depende, mi buen hombre. Antes de contestarle permítame primero preguntarle cómo es la gente allí de donde viene usted.
  • ¡Ay, mi buen señor! La gente allí es maravillosa, son pura bondad. Me da una pena tremenda haberme tenido que marchar, pero espero regresar muy pronto,…. – y antes de que el hombre prosiguiera el filósofo le interrumpió.
  • Mire, mi buen hombre. La gente en Atenas es exactamente igual a la de su pueblo. Yo le aconsejaría apresurar un poco más su andar para llegar a tiempo a las grandes Panateneas[2] y conocer los atenienses en su esencia pura.

He recorrido muchas carreteras como esta. Vengo de tantos lugares que cuando algún curioso desconocido que trata de entablar una de aquellas conversaciones “para  pasar un rato”, me pregunte “¿De dónde eres?”, suelo contestar:

  • Eso depende…

En mi caso, depende si uno quiere una versión corta o larga, light o con colesterol, administrativa o narrativa….

De donde vengo es de muchas y diversas circunstancias que me hicieron ser quién y cómo soy.

Cuenta siempre contigo es un resumen de los distintos “dependes”, que empezaron en un país que ya no está. El camino quiso que me fuera de un país en descomposición para acabar en que terminaba la transición. Antes de marcharme pensé “cómo será la gente en Suecia” y por suerte ya sabía la respuesta:

  • Eso depende, mi buen hombre…

Y aquí estoy, después de haberme hecho yugoslavo, serbio, croata, krajishnik, español, catalán,… voy haciéndome el sueco. 🙂


[1] Anécdota relacionada con Sócrates

[2] A finales del mes se celebraban las Panateneas, en honor de la patrona de la ciudad, fiestas de dos días en las que los ciudadanos halagaban su orgullo patriótico. Cada cuatro años la fiesta tomaba enormes proporciones, y se instituyó como fiesta panhelénica el 566-565 a.C, al mismo tiempo que se celebraron los juegos. Las grandes Panateneas duraban más días. Se creía que fueron fundadas por Erictonio y rebautizadas por Teseo. Empezaban con cantos, danzas, música y concursos de belleza, seguían con juegos gimnásticos, hípicos y carreras de antorchas, y remataban con una gran procesión  cuyo objeto era llevar el peplo nuevo a la diosa en su templo.

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